Tren de cercanías


Verano, 2013
El tren salía a las 8:15. Aquella madrugada las autoridades habían adelantado la hora. El despertador sonó puntual. A los cinco minutos sonó el teléfono. Era mi hemano: “¡Qué haces! ¡Llegamos tarde! ¡Ven inmediatamente!”. Había olvidado cambiar la hora del despertados. Cogí el vespino y salí zumbando. Llegamos con diez minutos de adelanto y pasamos el control de pasajeros. Un chico muy majo tomó mi reserva y, con toda la amabilidad del mundo, dijo consternado: “Lo siento mucho pero este billete es para mañana”. Ese día no había más trenes que me llevaran a casa. Quise invitar a hermano a un café pero no aceptó.

Verano, 1978
Volvíamos de Madrid en un tren matinal. La noche anterior habíamos reído las ganas con que devorabas tu pizza. El tren llevaba media hora rasgando la bruma y me pediste que te acompañara al baño. Arrojaste de golpe desayuno y cena. Te di agua y a los cinco minutos la vomitaste toda. Al rato, vomitaste de nuevo, esta vez sólo bilis. El revisor me sugirió bajar el Alcázar de San Juan para conseguir un médico, pues en el tren no había posibilidad de atenderte. En la estación me sentí el chico más desgraciado del mundo. Mi precioso hermanito, apenas un bebé, lloraba quedamente y casi no tenía fuerzas para caminar a mi lado. No teníamos dinero ni conocíamos a nadie allí. Nos sentamos en un banco para que tú pudieses descansar mientras yo pensaba qué hacer. Recuerdo que las calles eran muy anchas y la gente muy amable. Alguien nos ayudó a llamar a casa y desde allí nos dieron las señas del médico. El doctor dijo que sólo tenías un "poco de acetona", que bastaba administrarte suero fisiológico y que pronto te encontrarías bien. Conseguí el suero y una botella de agua y empecé a dártelo sentados en el mismo banco de antes. Tomamos el siguiente tren y el resto de viaje fue muy tranquilo. De vez en cuando te daba un poco de suero y cuando llegamos a casa ya estabas bien. Después de aquello, durante muchos meses te encariñaste conmigo y créeme si te digo que tu gratitud fue un regalo extraordinario. Esto sucedió un verano largo y remoto. Pocas semanas después me incliné hacia el despeñadero del que nadie sale. Me faltó una mano amiga que me diera suero fisiológico. Mi tren nunca se detuvo en Alcázar de San Juan.

Primavera, 1993
A través de la ventanilla veo al fondo la Sierra Calderona. Nebulosa, azul, con sus valles blanqueados por la bruma del aire marino, como una vieja pintura china.

Verano, 1994
Una mañana oscura de aire amarillo tiemblo como una jovencita enamorada. Sentado en el vagón climatizado aguardo la salida del tren que quizá, como dice la canción, sea el tren de mis deseos. El verano enfrenta mi vida con su ocaso, el verano es la estación final, la estación término. En verano, los suicidios aumentan, los viejos solitarios mueren deshidratados en sus cuchitriles, la carne en venta se sacrifica en las cunetas. Son muertes de perro las muertes de verano, anónimas y silenciosas. El calor, mientras tanto, abraza los campos ahí fuera.

Invierno, 1999
Tres asientos a mi izquierda una joven solloza. Está inclinada hacia delante, pero luego, apoyada en el respaldo, inclina la cabeza hacia la derecha y continúa llorando. ¿Qué dolor le aflige? Una muerte, una separación, un desengaño. No lo sabemos y  a nosotros, los demás viajeros, no nos interesa. ¿Cuántas veces encontramos estos gestos a nuestro alrededor? Y cuántas veces nos atrevemos a preguntar: ¿Qué te pasa? ¿Porqué sufres? Es la tristeza la secreta dueña del mundo, y quizá intuimos que no podemos hacer nada, que es mejor dejar que nuestros semejantes se entreguen a la pena si así lo desean, o que busquen consuelo, si lo necesitan. Y que decir del rasgo infantil de mostrar absoluta indiferencia o, incluso, sombría alegría ante el dolor ajeno. Respeto e indiferencia, estas son las coartadas que justifican la imposibilidad de compartir los sentimientos de los demás.

Primavera, 1979
El sol irrumpe radiante a través de las ventanas del autobús urbano que me conduce tal vez a casa. El autobús se desplaza como un viejo paquidermo, con la pesada inercia de un itinerario mil veces recorrido. Poca gente debe viajar en la plataforma, no recuerdo bien. Pasamos delante de un parque céntrico, un bosquecito de palmeras y eucaliptos, oscuro, embrujado. Aquí la ciudad parece africana. Pero yo no pienso en África. Caigo de golpe en la certeza de que he perdido por completo la lucidez que tuve de chico, tan rápida que impresionaba a mis maestros. Me invade una angustia miserable ¿Qué he hecho con mi vida? ¿Dónde está mi inteligencia? Ya nunca volveré a ser el mismo, me lamento. He perdido la gracia del cielo quizá para siempre.

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