Helado de limón

23 de diciembre 2013
Una tarde a principios de invierno, justo antes de salir de casa sonó el teléfono. Su voz sonaba urgente, desesperada. Pedía que le comprásemos helado de limón, por favor, que quizá habría una heladería o un supermercado abierto, que necesitaba algo fresco y ácido, por favor. Teníamos casi un kilo de helado de limón en la nevera. Lo habíamos comprado para una cena familiar. No se lo dije. La encontramos tumbada en el sofá rodeada de almohadones. Había envejecido cuarenta años de golpe. Estaba muy delgada, tenía el vientre hinchado. Me besó como siempre, sus ojos hundidos en sus cuencas sonrieron como siempre. Tomamos el helado nada más llegar. Ella contó que sentía un sabor muy desagradable cuando comía. El helado le aliviaba. Su compañero trajo una botella de cava y lo mezclamos con el helado. Me pidió que la ayudase a cambiar de postura. Liviana como un pajarito, casi no podía moverse. Dijo que ayer, que hizo bueno, dio un paseíto hasta la esquina. Solo son cincuenta metros, pensé. Hoy no había paseado. Estuvo charlando con mi mujer, de no sé qué, no presté atención. Más tarde me pidió que me sentara a su lado. Tomó mi mano entre las suyas. Me resultó extraño que fuese ella quien me diera calor. Al llegar me había sorprendido ver en su puerta unas matas de tomates casi maduros. Cómo era posible, en esta época del año. Son tomates "para mojar el pan", muy apreciados, dijo. Sacó las semillas de unos tomates que compró en el supermercado, hizo plantel y las repartió entre dos o tres amigos. Ninguno consiguió hacerlas crecer salvo ella, que simplemente las dejó caer en su arriate, al sol. Es esta tierra, este clima, dijo. La ayudé a incorporarse. Habló de sus padecimientos sin darles importancia. Molestias, incomodidades, limitaciones para caminar, para moverse. Ahora no tomaba nada. La habían dejado, como suele decirse, de la mano de Dios. Luego hablamos de sus proyectos. Sí, tenía un proyecto, como siempre. Un recital de poesía esta vez. Le habían pedido poemas no publicados, de esos que siempre hay en el cajón. Creyó que sería mejor recitar algo más actual. Ella se identificaba más con lo que había escrito antes, por supuesto, pero ahora quería hacer algo nuevo, algo sobre lo que sentía ahora. De prisa y corriendo, como solía hacer las cosas, había escrito unos cuantos poemas para el recital. Temía un poco que le fallara la voz, aunque no demasiado, pues iba a actuar con la voz que tuviera. Es un acto de vida, dijo. No supe que decir. La navidad estaba cerca. Su compañero también estaba muy enfermo, había perdido casi todo su cabello. Pensaban ir a ver a la familia, y volver en el día. Viajarían los dos solos en un viejo utilitario sin calefacción. Sin fuerzas para andar cincuenta metros, iba a recorrer seiscientos kilómetros en un día. Ese deseo de normalidad, esa insistencia de la vida en ser vivida, resultaban espantosas. Quedamos para vernos unos días después. Luego supe que tuvieron un viaje sin problemas.

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