Una mujer vuelve a casa

9 de enero 2010
La víspera de navidad después de cenar, llamaron a la puerta. Fui a abrir y allí estaba una vieja sonriente que parecía querer entrar. La chica que la acompañaba se excusó: "Dice que ésta es su casa". Las hice pasar y todos saludamos a la vieja. Mi mujer la abrazó con mucha ternura. Era la criada de sus tías, una mujer avispada e inteligente, dotada de un gran sentido del humor. Hacía años que había perdido el juicio y aquella nochebuena de buen tiempo, el espíritu de la navidad la había conducido a su casa, la casa que aún brillaba en su sombría memoria. De joven había vivido aquí, cuando la casa era una granja y el pueblo era mucho más pequeño. Paseó deslumbrada mirando a su alrededor, señalando aquí y allá con una sonrisa de reconocimiento. Señaló el cuarto en el que ahora escribo. Éste había sido su cuarto. Por un momento un legado de alegría juvenil impregnó estas paredes. Pronto llegó la hora del adiós y los abrazos fueron tristes y sentidos. Mi mujer se echó a llorar. Quise consolarla pero me detuve. Que cada uno se trague sus mocos, pensé. Entonces, ante mi sorpresa, el novio de mi hija acogió a mi mujer con un abrazo caballeroso y sincero, algo supuestamente impropio de una persona a la que solo habíamos tratado un par de veces, que no parecía demasiado sensible, que una vez cometió el desliz de llamar a mi mujer "extravagante" cuando quiso decir "original", y que pronto dejaríamos de ver para siempre.

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