El arco solar


9 de diciembre 1993
La llegada del invierno me deprime. Según se aproxima el solsticio mi ánimo se torna sombrío. Leo por encima un artículo que relaciona la tristeza navideña con la ausencia de vínculos familiares. La navidad favorece la cohesión de la institución básica de la sociedad, es decir, de la familia. Quien no tiene familia, quien no vive la fiesta en familia, quien viviendo la fiesta en familia no se siente parte de la familia, quien no juega al juego de la familia, quien —en definitiva— se mantiene aparte y no participa en el jolgorio familiar, vive la navidad con amargura. Reunida con la ilusión de estar unida, la familia se cobija en sí misma como si un temor atávico la obligase a prepararse para una catástrofe inconsciente.
Pero a mi eso me da igual. Mi pena es otra. No me deprime la hipocresía familiar, ni los excesos absurdos, ni la farsa consumista; me deprime el paso del invierno en sí mismo, con fiesta o sin fiesta, con consumo o sin consumo, con comilonas o sin comilonas. Con familia o sin familia.
Es el solsticio, el punto de máxima tensión de la cuerda solar, el momento crucial para sentir qué pequeños somos. Es el instante del eterno renacimiento. El arco del sol desciende casi hasta rozar el suelo y cuando parece que la tierra está a punto de tragárselo, el sol asciende de nuevo hacia la gloriosa primavera. Este tránsito aterrador anida desde milenios en mi pequeño corazón.


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