El autoestopista

23 de diciembre 1999
Durante una temporada daba clases en el Sur. Todas las semanas viajaba y una tarde, víspera de nochebuena, subí a un autoestopista y recorrimos juntos unos cien kilómetros. Me arrepentí nada más recogerlo. Era un joven alemán sucio y apestoso. Ignoraba mi idioma, igual que yo ignoraba el suyo, así que la comunicación fue muy básica. Parecía bastante satisfecho; dijo que había pasado seis años encerrado y que acababa de salir de la cárcel. No tuve miedo. Cuando se bajó me pidió tabaco: le di el paquete entero y algo de pasta. Le pregunté como iba a pasar la navidad. Contestó que no lo sabía. Entonces, le pregunté si estaba solo, si alguien le esperaba. Asintió señalando al cielo y dijo en una especie de italiano: "Dios y yo". Y repitió: "Dios y yo".

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