Soy una cárcel

Estuve una hora hablando de termitas con un profesional del exterminio de plagas. Le tomé cariño a los insectos pero no tanto al presupuesto que me ofreció. Olvidé que hacía un día estupendo. Esto pasa muy a menudo; olvido que hace un día estupendo. No sé los demás, pero yo estoy harto y no precisamente de las tonterías que se escuchan por ahí. Estoy harto de mí mismo porque he descubierto que soy una cárcel, un presidio que camina por el mundo, no un presidiario. Esto también pasa muy a menudo: las calles están llenas de cárceles que caminan Dios sabe donde. Ahora pienso si no me estaré excediendo al escribir Dios con mayúscula y supongo que lo hago porque queda mejor. Si uno dice dios puede referirse a cualquier cosa, en cambio, Dios es apabullante, una supercárcel.
Ser una cárcel es ciertamente molesto. Uno es capaz de encerrarse a sí mismo y de encarcelar a otros con violencia, por supuesto, con cualquier clase de violencia. Y también me pregunto ahora, cuando cunde el odio y la estupidez, si la violencia es tan mala como dicen. A fin de cuentas vivo gracias al miedo que me impulsa a encerrarme violentamente en la cárcel que soy.

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