Navidad a cielo abierto

Durante una temporada trabajé en el sur. Todas las semanas viajaba en coche un par de veces, y una mañana, en vísperas de nochebuena, subí a un autoestopista y recorrimos juntos unos cien kilómetros. Nada más montarlo me arrepentí de haberlo hecho; era un mendigo joven y sucio que ignoraba mi idioma, igual que yo ignoraba el suyo, así que la comunicación fue muy rudimentaria. Parecía bastante contento. Conseguí entender que había pasado seis años en la cárcel y que por fin estaba libre. Cuando bajó del coche, cerca de unas grises naves industriales, me pidió tabaco. Le di el paquete entero y algo de pasta. Le pregunté como iba a pasar la navidad. Dijo que no lo sabía; entonces, le pregunté también si estaba solo. Asintió señalando al cielo y masculló en una especie de italiano: “Dios y yo”, y repitió “Dios y yo”.

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