Llorar en el cine

Un sábado de invierno la abstinencia me dominó. Cansado de aguantar en mi cuarto, bajé a la salita y me senté frente al televisor. Mi familia se movía de aquí para allá, ocupada en sus historias, indiferente a mi sudor frío, mi angustia, mis temblores. No es para tanto, me decía, esto es solo una gripe, dentro de tres días estarás como nuevo. O bien, mañana temprano salgo a buscar, ahora es imposible encontrar alguien que me pase algo en condiciones. Apareció un anuncio rematadamente cursi. Una pareja paseaba en barca en un apacible lago. Él remaba con suavidad, cariñosamente. En mi recuerdo, el paisaje era verde y luminoso. Los personajes vestían ropas claras y se miraban embelesados, rodeados de una aura de felicidad postiza, vulgar e inverosímil. Y sin embargo, eran felices. ¿Por qué yo no puedo ser feliz como ellos? ¿Por qué no puedo disfrutar de algo tan sencillo? Empecé a llorar como quien llora en el cine, con lágrimas suaves entrecortadas por los sollozos. Cuando se me pasó la perra, subí y me encerré en mi habitación.

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