Un gato

El chiringuito, cutre. El arroz duro y aceitoso. El precio excesivo. El mar demasiado brillante, el cielo demasiado azul, el camarero demasiado simpático, los comensales ruidosos, el toldo sofocante. Un gatito portuario se acerca a la pata de la mesa y yo, aburrido, dejo caer un trozo de pescado. El gato acerca su naricilla al pescado y me mira. Espera unos segundos y lo come tranquilamente, como un consumado y hábil gourmet. Quizá ese instante que dedican los gatos a estudiar la comida sea un reflejo de su instinto cazador, un ritual. Mi trocito de pescado es la presa que ha obtenido de un humano más. El camarero cuando pasa le da una patada.

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