Quien pierde encuentra

Hace dos veranos compré un pequeño bolso para llevar mis pertenencias. La noche que lo estrené fuimos a cenar a la playa. Lo había llenado a tope. Incluso había puesto cosas que no necesitaba para nada: las llaves de la moto, las gafas de sol... Dimos un paseo y, en algún momento, lo abandoné y lo perdí. Me puse histérico. De hecho estaba ya bastante histérico debido a que hacía régimen para adelgazar. Eran las dos de la madrugada. Llamé a los bancos para anular las tarjetas. Hice inventario de lo que había perdido y descubrí que nada era irreemplazable. A la mañana siguiente inicié la recuperación de mis documentos. Conseguí el NIF en un día, el carnet de conducir en tres, las tarjetas bancarias en menos de una semana, el carnet de la universidad en diez días. Aquellos plazos rompían los esquemas burocráticos más elementales. Todo funcionaba, todo era rápido, todo era fácil. Nada era importante: plástico y banda magnética. Solo un poco de dinero y unas viejas gafas de sol. Y, sin embargo, había sufrido una angustia tremenda, una angustia que con el paso de los días se fue transformando en la alegría de la renovación. Perdí diez kilos. Eso fue, como ya dije, hace un par de veranos. Ahora los diez kilos han vuelto, y puede que alguno más. Estamos en invierno, casi navidad, y estoy preparando el viaje a Londres que nunca me apetece hacer. Llevo un nuevo bolsito, caro y práctico. Ya no uso esas carteras escolares, esos portafolios de ejecutivo, esos cartapacios de jurista. Uso este pequeño bolsito negro, que funciona como un bolso de mujer, de hecho es un bolso de mujer, donde uno mete las cosas y cuando las necesita, las tiene a mano sin necesidad de buscarlas. He comprado dos mil libras esterlinas y las he metido en un compartimento del bolsito. Luego he ido a trabajar. A medio día he pensado comer en un centro comercial cercano. Pero es tarde y la pizzería estaba llena. Venga dentro de diez minutos y te atenderemos, me sugiere amablemente el maitre. Delante, a una veintena de metros, hay una terraza. Pido un refresco y me siento a esperar ahí afuera. Hace un viento frío y desapacible. Intento leer el periódico, pero es basura. De pronto una jovencita me saluda con una espléndida sonrisa. Es una alumna de un curso pasado que siempre se burla de mí sonriendo exageradamente. Hay formas peores de tomarle el pelo a uno, pienso mientras le devuelvo la sonrisa. Vuelvo a la pizzería. Me dan una mesa, un menú y una cestilla de pan. Voy a tomar un trozo de pan cuando miro las sillas a mi alrededor. En ningún sitio está el bolso. Salgo corriendo como alma que lleva el diablo. No entiendo nada de lo que dice la camarera mientras me lo devuelve. Dos mil libras. ¿Qué son dos mil libras? Esta vez estoy haciendo un régimen de engorde y, por lo visto, el precio sube. Sube tanto, que todo el placer de la recuperación se esfuma en una sonrisa de plástico, un plato de pasta precocinado, dos cocacolas y un expreso.

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