El cielo es azul

Escribir es lo más fácil. No tienes más que ponerte delante del teclado y pulsar una tecla después de la otra. Así de sencillo. No necesitas más. Si quieres que el cielo sea azul, lo escribes: el cielo es azul. Si quieres mentir, mientes: el cielo es azul, aunque en realidad sea oscuro, muy oscuro. Es de noche, está nublado, hace frío. El cielo es azul, es cierto, pero en cualquiera otra parte. Leer es todavía más fácil: no tienes que tomar decisiones, salvo si me gusta o no me gusta lo que leo. Y leo: el cielo es azul y eso me basta, porque necesito creer en el relato y el relato necesita un cielo azul, un cielo limpio, sin brumas, sin nubes, sin llovizna, un cielo azul que sugiera alegría y belleza. Es, al fin y al cabo, un cielo azul de conveniencia, un cielo pintado, un cielo de atrezzo, un decorado. Y escibir es lo más fácil porque no necesitas pintar ese cielo azul, ni hacer una fotografía, ni un video, ni, digamos, aportar pruebas testificales de que el cielo era azul ese día y, justo en el momento en el relato exige que el día esté despejado. El cielo es azul. ¡Dice tanto esta frase y es tan barata!. Cualquier niño puede utilizarla en cualquier redacción y siempre quedará bien. Y, sin embargo, no sé porqué, yo me empeño en describir cielos nublados, grises, negros, cielos que podrían ser azules si yo quisiera, pero que son oscuros porque finjo sinceridad, y mi sinceridad es oscura. He fingido que mi propia sinceridad es oscura y que, en estas páginas, no debía divertirme, que no debería usar el humor, ese desdichado comparsa del arte. Y al final, el humor vendrá a rescatarme de esta estúpida y falsa sinceridad, de este recurso sensiblero, de esta manera hipócrita de conmover al incauto. Porque el cielo ni siquiera es azul cuando nuestros ojos lo ven azul.

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