El paraguas

Cae la lluvia. Un grupo de profesores extranjeros, un aperitivo de microdosis insoportablemente insípidas. Estamos en la terraza de un restaurante con vistas aéreas y debo conversar, entablar contactos. Al rato, ante la mesa de las bebidas, charlo con una londinense de origen punjabi. Supongo que es un encuentro momentáneo. No parece aburrirse, así que continuamos charlando y charlando. Es más joven y más guapa que los demás. Calculo que viene acompañando a alguien. Tiene un puntito distante que me enerva. El aperitivo se me hace eterno. En la mesa, nos sentamos juntos. De vez en cuando cruzamos alguna palabra, poca cosa. Hablo con el joven que tengo a mi izquierda. Es más divertido pero su inglés con acento austriaco resulta incomprensible. Acabada la cena, descendemos diez pisos. Los profesores, apiñados bajo la marquesina, van tomando su taxi, uno tras o otro. Echo de menos mi paraguas y subo de nuevo los diez pisos. El camarero me informa de que allí no está. Es un paraguas plegable negro, de mala calidad, con la empuñadura por fuera. Cuando regreso abajo, ya no queda nadie bajo la marquesina. De pronto veo un grupito que no se ha marchado y se dirige al bar de la planta baja. Y allí está la punjabi, con mi paraguas debajo del brazo. El resto de la historia es bochornoso. Me ofrecen tomar una copa y yo estúpidamente acepto. No entiendo nada de lo que dicen, y encima, quieren saber porqué no bebo. La punjabi se excusa débilmente. Tomó el paraguas para devolverlo al día siguiente en la universidad. Abre su bolsito y me enseña su paraguas, verde fosfórico. Miro su barriguita esférica y sospecho que está embarazada. Todo esto es absurdo. Un par de sorbos de agua con gas y me despido. Sigue lloviendo.

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