El circo

Finales de julio, calor húmedo. En mitad de la huerta, unos cirqueros habían plantado su roñosa carpa y hacían un pequeño espectáculo los viernes noche. Un payaso, una trapecista, una bailarina ecuestre y unos caballos tiñosos. En el momento cumbre, la orquesta atacaba un Sumertime irreconocible. Toda la magia del circo a nuestra disposición. Servían bocatas, vino y cerveza. Decidí que iba a tomar unas cuantas cervezas. Tenía muchísimas ganas. Necesitaba compañía amable para beber, veníamos con una pareja y mi amiga bajó la guardia. Dije que iba a celebrar mi cumpleaños, que yo invitaba. A dos euros la caña en vaso de plástico, al poco rato sentí la magia del circo con toda su intensidad y me enamoré perdidamente de la trapecista. Al miércoles siguiente quedé con un amigo para comer. Mi amigo fue solo una excusa para tomar unas cuantas cervezas. Él pertenece a otra cultura, más campera. Estaba corto de fondos, pero no acepta invitaciones, préstamos o regalos. Por entonces, tomaba tranquilizantes a diario, y muchos más si necesitaba neutralizar el malestar que me producía la bebida. En los días siguientes tuve varias reuniones de trabajo. No lograba concentrarme, estaba abotargado. Por suerte, todo salió a las mil maravillas. La noche del siguiente viernes volvimos al circo. La trapecista no era la misma. Después de la sesión nos quedamos un rato charlando con los cirqueros. Tras una fachada de fantasía y vida errante, la realidad era menesterosa y sórdida. Le pregunté a la bailarina si le gustaba vivir allí, en mitad de la huerta, en el silencio de los campos, me contestó que le gustaba vivir en cualquier lugar en el que tuviera trabajo. Me miraba directamente a los ojos sin parpadear. ¿Qué hacía yo allí, dando palique a aquella panda de colgados? Quizás hablar con alguien capaz de sostener la mirada. Me quedaban tres o cuatro días de trabajo y no podía parar de beber. En realidad, no bebía cuando había trabajo, pero la resaca narcótica me perseguía día y noche. El penúltimo día recorrí todos los bares del pueblo. Al caer la noche volví a casa y mi amiga me atendió con la cortesía habitual. Salí a la calle de nuevo. Cené en un restaurante chino. Seguí recorriendo bares. La cerveza ya no me hacía efecto. Desperté en el sofá. No me había quitado la ropa para dormir. No recuerdo gran cosa. Pasé en casa el último día de trabajo, flotando en la mansa resaca que provoca una buena ración de sedantes.

Entradas populares