Muerte de una gata

Era fea, parda, con el rabo torcido y un mirar líquido. También era muy mansa, muy noble. Era tan noble como nadie puede serlo en la tierra. Nunca he querido a los animales y, menos a las mascotas, pero ella estaba allí antes que yo, y su madre y la madre de su madre. Vivía en el jardín, en invierno y en verano. Entraba en la casa solo para descansar. Escogía sitios perfectos. Nunca ensuciaba, nunca estorbaba. O al menos, eso parecía, porque, a fin de cuentas, era una gata y hacía lo que le daba la gana. No me gustaba que matara tantos pájaros, ni que dragones o mantis no tuvieran tregua. En cambio, verla acosar y devorar ratas era un espectáculo. Paría como una coneja y yo me ocupaba, por así decirlo, de la selección natural. Perdió el celo y empezó a consumirse. Dijeron que era leucemia y que no había nada que hacer. Mientras tenga ganas de comer, le dije a la chica, no pienso traértela. Pero no aguanté tanto. La tumbamos en la camilla y la chica me pidió que la sujetase. Jamás toco a los animales. Me indicó como debía hacerlo. La sujeté por el cuello y las patas delanteras. Tan dócil como siempre, creyó que la acariciaba.

Entradas populares