La dama del lago

Estaba sentado en medio de la oscuridad. A mi lado, un soldado vestido de uniforme me hacía sentir incómodo. Una espada vertical surgía lentamente de la superficie plateada del lago. La dama que empuñaba la espada se elevaba misteriosamente sobre las aguas. El héroe miró por un momento aquellos ojos mágicos, emisarios de una profecía silenciosa. Luego, todo se desvaneció. También el hedor del soldado se había desvanecido, y con él todo mi malestar. Entonces era verano, un verano seco y amargo. Quién sabe porqué estaba en aquella ciudad, quizá porque mi novia vivía allí con otro, quizá porque abrigaba el insensato propósito de pasar el mono a pelo. Estaba, como tantas otras veces, perdido en la noche del alma, confundido en una ciudad hostil, implacable. Busqué mi medicina en el lugar equivocado, con la gente equivocada. A los tres días, el insomnio, el sudor frío, la angustia y el abatimiento tomaron el control de mi vida. No tenía energía suficiente para volver a los barrios marginales, a los tristes atardeceres sin esperanza. Sólo tenía fuerzas para buscar a la chica. Finalmente, ella me encontró. Follamos sobre una alfombra no demasiado limpia, en la sala de estar de un piso de estudiantes. Aquella fue nuestra última vez. De todo cuanto ocurrió aquellos días aciagos solo recuerdo bien aquel fantástico polvo. Ella se movía incómoda debajo de mí, resignada e impaciente. Sin duda, no disfrutó en absoluto de aquella remota sesión de intercambio de fluidos. Su vagina, en cambio, parecía funcionar con independencia de su pasividad. Un engranaje de carnosos rodamientos, delicadas y cálidas esferas, rodeaba, comprimía, masajeaba mi pene dulce y sabiamente, de la manera más exquisita y extraordinaria que pueda imaginarse. Era inaguantable. Estallé en un orgasmo eterno, espasmódico, terrible. Dicen que tras el placer viene la tristeza; aquella tarde la tristeza vino antes, durante y después del placer. La tristeza del amor en pareja ejecutado en solitario, como una maldición antigua, inexorable. Quedé con la chica al día siguiente. Llegué al cine media hora antes. Habíamos quedado demasiado tarde y la película estaba a punto de comenzar. Entré y la dejé colgada. Nunca me arrepentí. Al salir me sentía muy tranquilo, tan sereno como un lago en calma. Pasar el mono es solo cuestión de tiempo.

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