Un cubo de vino

Hacía finales de la década de los ochenta del siglo pasado, o quizá algo después, ingresé en una clínica para desintoxicación de alcohólicos y toxicómanos. No era mi primer ingreso en este tipo de instituciones y esta vez lo hacía como “un caso irrecuperable”. El director del centro acompañó a mis padres a una oficina, sin duda para aliviarles del peso de una carga patrimonial considerable, y me dejaron delante de un televisor enorme en una habitación llena de sillas. No había nadie allí en aquel momento. Supuse que no era la hora de ver la tele. Sin embargo, estaba encendida y justo en ese momento empezaba una película, “Robin y Marian”. En la primera escena, creo recordar, Robin Hood regresa de las cruzadas y se ve envuelto en una escaramuza, en la que Ricardo Corazón de León recibe un flechazo. El rey Ricardo encierra a Robin y a su escudero en una mazmorra y les condena a ser ahorcados al amanecer. El escudero pregunta a Robin si tiene miedo. Robin dice que no. Hemos viajado, hemos conocido el amor, tenemos más de cuarenta años, hemos vivido la vida ¿por qué vamos a tener miedo? Ricardo llama a Robin para entretener el malestar que le causa la flecha que le está matando. Lejos del estereotipo heroico que se le atribuye, Ricardo es un tirano sanguinario, un asesino en masa. Finalmente, pide un cubo de vino, se lo hecha por la cabeza y muere. No recuerdo el resto de la película.

Entradas populares