El regreso

La noche de navidad, nada más después de cenar, llamaron a la puerta. Me topé con una vieja sonriente que parecía querer entrar. La chica que la acompañaba se excusó: "Dice que esta es su casa". Hice entrar a la vieja y todos la saludamos. Mi mujer la tomó entre sus brazos con mucha ternura. Era la tata de sus tías, una criada avispada e inteligente, dotada de un gran sentido del humor. Hacía años que había perdido el juicio y aquella noche de buen tiempo, el espíritu de la navidad la había conducido a su verdadera casa, la casa que más relucía en su memoria oscurecida. De joven había vivido allí, cuando era una alquería agrícola en las afueras del pueblo.
Entró mirando a su alrededor, señalando aquí y allá con aparente reconocimiento. Señaló la habitación en la que ahora escribo. Este había sido su cuarto. Luego había sido el cuarto de nuestra hija. Ahora es el mío. Por un momento temí que un legado de alegría y desdicha impregnase todavía estas paredes.
De golpe, llegó la hora del adiós. Los abrazos fueron verdaderos y crueles. Mi mujer se echó a llorar. Quise consolarla pero me frenó mi negra naturaleza. Que cada uno se trague sus mocos, pensó mi alma compasiva. Entonces, ante mi sorpresa, el novio de mi hija acogió a mi mujer con un abrazo caballeroso y sincero, algo supuestamente impropio de una persona a la que habíamos visto solo un par de veces, que no parecía especialmente emocional. Dudé entre los celos y el agradecimiento, entre la generosidad y la autocompasión.

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