Meditación al borde de la cama

Cuando necesitaba heroína todos los días, procuraba conseguir una cantidad que me durase cierto tiempo. Cuando estaba a punto de acabarse, procuraba quedarme con un poco para la mañana, un chute matutino que me permitiera ir a currar tranquilamente. A veces esto no era posible; la última dosis había caído la tarde o la noche anterior y no quedaba nada para el desayuno. Entonces me despertaba, sin sentir todavía los primeros latigazos de la abstinencia, y me sentaba al borde de la cama. Apoyaba los codos sobre las rodillas y hundía la cabeza entre las manos. Permanecía así durante un largo rato, dejando pasar un tiempo espeso y ominoso. Supongo que entonces pensaba en como conseguir mi medicina, como aguantar la jornada a palo seco, etc. Me sentía tan miserable, tan fracasado, tan impotente, que casi me dolía físicamente. Y sin embargo, sabía que mientras estuviera allí, con la cabeza entre las manos, hundiéndome más y más en mis negros presagios, estaría libre de todo mal, tocado por el rayo divino, ajeno a las ásperas molestias que amargaban mis días.
Esto me pasó cada vez con más frecuencia hasta que, finalmente, todos mis despertares tuvieron su ración de pena al borde de la cama.

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