El estigma

Cuando te dicen que padeces "trastorno bipolar", lo niegas. Si la primera obligación del preso es fugarse, la primera del bipolar es negarlo. Después, tras pasar por un largo de proceso de adaptación a tu auténtico estatus psíquico, decides que sí, que te pasa todo lo que te dicen, que necesitas todas las píldoras que te dan, que vas a dejar la bebida, los malos hábitos, etc. Todo eso lo aceptas, pero lo que no toleras es la etiqueta: "¿Trastornado yo? ¿Bipolar yo? ¡De qué!" Descubres entonces con amargura que nada te duele: ni el psiquiátrico, ni el juzgado, ni lo complicado que resulta todo,... salvo la etiqueta: "trastorno bipolar". Te duele tanto que eres incapaz de decírselo a nadie, tal vez a tu amiga, pero a nadie más, porque sabes sin lugar a dudas que nadie, absolutamente nadie, entiende que clase de bestia te devora.

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