El jardín

Cuando a principios de 2005 me diagnosticaron un transtorno bipolar "de libro", no quise aceptarlo. Sabía que estaba loco, pero amaba mi locura. Y digo "loco" porque me gusta mucho esa palabra. Estar loco no es ser un loco. Casi es preferible ser un loco, al menos es digno, definitivamente digno.
Pasé tres o cuatro semanas en la unidad de salud mental del hospital A., situada en la última planta, con buenas camas, guapas enfermeras, hieráticas doctoras y una puerta siempre abierta custodiada por un segurata. Allí, por supuesto, hicimos el cabra a conciencia. A veces me ataban a la cama, algo muy molesto. Por la ventana del comedor se veía un jardín precioso, un jardín diferente, racionalista, lleno de evocaciones al pasado clásico. Aquel jardín era la libertad. Vinieron mi madre y mi tío y nos permitieron bajar al jardin. El lugar era hermoso pero sombrío y solitario.

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