Fuera de temporada

La mujer era algo mayor pero no precisamente fea. Esbelta, nórdica, plateada, no parecía que tuviera otro trabajo que pasear al perro tres veces al día. El perro era como ella: silencioso y frío. Desaparecían a principio de temporada, cuando el paseo marítimo empezaba a llenarse de gente. Ni las palmeras ni yo los echábamos de menos, hacía mucho calor y la clientela me daba demasiado trabajo. Pero un día, discretamente, la mujer y el perro regresaban de algún lugar con cielo blanco y volvían a pasar delante de la terraza tres veces al día. Soplaba de nuevo el viento húmedo y frío.

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