Final abierto

Entré en el hospital a rastras y firmé el ingreso "voluntario" en presencia de enfermeros, familiares y policías. Recuerdo —y para mí es difícil recordar— que allí había gente extraordinaria. Correspondían a dos variantes: los silenciosos y los exaltados. Los silenciosos mustios, los exaltados agresivos. El ambiente era algo tenso. Las enfermeras nos atiborraban a drogas y drogas, y el delirio campaba por sus respetos. Aquella gente extraordinaria no tenía derecho a bajar al jardín que ocho pisos abajo veíamos tras los ventanales, siempre cerrados. Tras pasar unas semanas interno en aquel pabellón, creí que lograría enfrentar el multiforme rostro de la locura, que sería capaz de vencer la depresión, el insomnio, el alcoholismo, la drogadicción, el desorden emocional.

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